Regímenes híbridos, democracias
no-liberales, autocracias competitivas y países parcialmente libres son algunos
de los nombres que académicos, periodistas y organizaciones internacionales dan
a esa desgraciada forma de gobierno que tiene vocación tiránica, pero que
mantiene algunas apariencias democráticas con el fin legitimar en alguna manera
la dominación del pueblo.
Independientemente de la polémica
que generan dichos términos, o la dificultad que implica categorizar a un
gobierno entre tres rangos de mejor a peor, a saber: Democrático, híbrido, o
tiránico, no cabe dudas de que el caso venezolano hace muchísimo tiempo dejó de
ser el primero, y se ha movido recientemente entre los últimos dos.
En algún momento hubo democracia,
y bajo el gobierno de Chávez la misma degeneró en un régimen híbrido,
degeneración que se ha acelerado precipitadamente bajo el régimen de Maduro,
gracias al legado de control institucional que le dejó Chávez, la ausencia de
carisma del actual presidente, y la crisis económica y social que golpea
brutalmente al país.
Sin embargo, desde hace un par de
años hasta nuestros días, se ha debatido si todavía podemos llamar el gobierno
del PSUV como híbrido o “democracia enferma”, o si debemos llamarlo
frontalmente dictadura.
La dificultad de hacerlo radica
en que hasta ahora no había habido un hito que marcase dicha transición, ya que
los procesos políticos son fluidos a lo largo del tiempo, y más aún los
procesos de deterioro institucional. Las dictaduras rara vez se reconocen a sí
mismas como tal, y pocas veces existe un decreto (a menos que haya golpe de
estado) que marque el paso de un país parcialmente libre a uno completamente
oprimido.
Y sin embargo, ayer fue un día
que la historiografía debería marcar como el hito que simboliza el paso de un
régimen híbrido a una tiranía.
Hasta el año 2015, cuando hubo
elecciones parlamentarias, todavía se consultaba al pueblo. Sin embargo, el año
2016 marca un hito en la transición de régimen híbrido hacia una tiranía en el
sentido que se desconoció al pueblo en forma continuada a través de sentencias
del TSJ que anulan a la Asamblea Nacional, máxima representación de la
pluralidad de una nación, y ayer en forma abrupta a través una decisión del CNE
que suspende Referendum Revocatorio, mecanismo legítimo y legal de expresión
verdadera del pueblo.
El demos, por tanto, ya no tiene
poder formal. Ha muerto por completo la democracia.
Por tanto, los pocos elementos
democráticos que hacían “híbrido” al régimen desaparecieron por completo,
quedando sólo los autocráticos. La “democracia iliberal” ya no tiene nada de
democracia, y la “autocracia competitiva” dejó de competir, quedando entonces
autocracia pura y dura.
Si bien nunca se dudó de la
vocación autocrática e incluso totalitaria del PSUV, es hora de que tampoco
dudemos del nombre de la presente forma de gobierno. Ya ni siquiera la
desgraciada “autocracia competitiva” sirve para describirnos, sino que el mundo
y los ciudadanos venezolanos debemos, al unísono, categorizar a esto como
dictadura o tiranía.
A partir de allí, la unidad en
diagnóstico de la sombría realidad que aqueja a Venezuela permitirá plantear
cursos de acción más pertinentes. Si bien antes mencionamos que el pueblo ya no
tiene poder formal, porque así lo decidido la formalidad chavista, la gente
preserva todavía el poder más importante, y es aquel poder informal que
significa ser una gran mayoría dispuesta a rescatar la democracia, siendo capaz
de sobrepasar los obstáculos formales que imponga el PSUV.
La esperanza de millones se
encuentra en manos de los dirigentes de oposición. Ojalá la sabiduría ilumine
sus estrategias, y se logre revertir esta perversa degeneración de la
institucionalidad democrática, social, cultural y económica en el menor tiempo
posible. Venezuela y el mundo así lo reclaman.
No hay comentarios:
Publicar un comentario